A lo largo del proceso de envejecimiento, las personas con discapacidades físicas y orgánicas se enfrentan a problemas añadidos a los que afectan al resto de la población por razón de edad y, a día de hoy, no hay estrategias específicas y planes para el fomento del envejecimiento activo de las personas con este tipo de discapacidades.

Además de a los problemas relacionados con la edad, las personas con discapacidad tienen que hacer frente también a sus propias patologías discapacitantes, lo que supone, en muchos casos, un deterioro más temprano en las habilidades y destrezas que el que presenta cualquier persona mayor.

Del mismo modo, cuando una persona con discapacidad cumple 65 años pasa a considerarse persona vinculada al colectivo de la tercera edad, no pudiendo beneficiarse de las ventajas añadidas que supone tener el grado acreditativo de discapacidad, como ocurre antes de los 65 años, en cuanto a prestaciones y ventajas de diversa índole.  

También en muchos casos las personas con discapacidades que cumplen 65 años se ven abocadas a dejar sus residencias y centros de día especializados en discapacidad, por ser derivados a residencias y centros para la tercera edad que no tienen en cuenta las especificidades y necesidades que presentan los mayores con discapacidad.

Por ello, es preciso fomentar que se pongan en marcha medidas de apoyo al envejecimiento activo y saludable de las personas con discapacidad física y orgánica, mediante planes y medidas que contribuyan a una tercera edad activa y saludable de las personas con discapacidad.

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