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Cuando el cuerpo necesita otro ritmo: fatiga y aprendizaje en el alumnado con discapacidad física y orgánica


En el aula, no todos los días son iguales. Hay momentos en los que un alumno puede participar, concentrarse y realizar sus tareas con normalidad y otros en los que necesita más tiempo, hacer una pausa o reducir el esfuerzo.

En el caso del alumnado con discapacidad física y orgánica, estas diferencias pueden estar relacionadas con aspectos que no siempre son visibles: dolor, fatiga, dificultades para mantener determinadas posturas, efectos secundarios de algunos tratamientos o una menor tolerancia al esfuerzo.

Especialmente en la discapacidad orgánica, algunas de estas situaciones pueden pasar desapercibidas para las personas del entorno. La fatiga, el dolor o la llamada “niebla mental” pueden influir en actividades cotidianas como estudiar, desplazarse o participar en diferentes actividades, aunque desde fuera no siempre sea fácil identificarlo.

Por eso, adaptar el ritmo no significa reducir las expectativas sobre un alumno, sino ofrecerle las condiciones que necesita para poder participar y aprender.

No todos los días se puede al mismo ritmo

Estamos acostumbrados a pensar que, si una persona puede realizar una determinada actividad un día, podrá hacerla de la misma manera al siguiente. Sin embargo, esta idea no siempre se ajusta a la realidad del alumnado con discapacidad física y orgánica.

Una misma tarea puede resultar sencilla en un momento determinado y requerir un esfuerzo mucho mayor en otro. También puede ocurrir que un alumno necesite más descansos, tarde más en completar una actividad o tenga dificultades para mantener la atención después de un periodo prolongado de esfuerzo.

Esto no significa necesariamente que haya perdido el interés o que no quiera realizar la tarea. El cansancio también puede convertirse en una barrera para aprender.

Cuando estas dificultades no son visibles, existe además el riesgo de interpretar determinadas situaciones de manera equivocada: pensar que el alumno está distraído, que no se esfuerza lo suficiente o que simplemente “podría hacerlo si quisiera”.

Reconocer que el ritmo puede cambiar es, por tanto, un primer paso para construir entornos educativos más flexibles y accesibles.

Fatiga no significa falta de esfuerzo

Uno de los aspectos más importantes es diferenciar entre lo que un alumno puede hacer y el esfuerzo que necesita para hacerlo.

Dos estudiantes pueden completar la misma actividad, pero uno de ellos puede necesitar mucho más esfuerzo físico o cognitivo para conseguirlo.

Copiar información de la pizarra, desplazarse entre diferentes espacios del centro, mantener una determinada postura durante una clase, escribir durante un periodo prolongado o realizar varias actividades seguidas pueden suponer una carga importante para algunos alumnos.

En estos casos, adaptar no tiene por qué significar eliminar la actividad. Puede consistir en buscar otra manera de realizarla.

Disponer de más tiempo, introducir pequeños descansos, reducir tareas repetitivas, utilizar materiales digitales, priorizar los contenidos esenciales o permitir diferentes formas de responder son algunas posibilidades que pueden facilitar la participación.

El objetivo no es hacer menos por el alumno, sino eliminar aquellas barreras que dificultan que pueda demostrar todo lo que sabe y es capaz de hacer.

Cuando el ritmo cambia, también podemos cambiar la forma de acompañar

No existe una única adaptación válida para todo el alumnado. Cada persona puede presentar unas necesidades diferentes y, además, estas pueden variar a lo largo del tiempo.

Por ello, algunas actuaciones sencillas pueden marcar una diferencia importante en el día a día:

Flexibilizar los tiempos. No siempre es necesario que todos los alumnos terminen una actividad exactamente al mismo tiempo. Ampliar el tiempo disponible o permitir que una tarea se complete en diferentes momentos puede reducir el esfuerzo y facilitar la participación.

Incorporar pausas. Los descansos no tienen por qué entenderse como una interrupción del aprendizaje. En determinadas situaciones, parar unos minutos puede permitir continuar después con mayor concentración y participación.

Priorizar lo importante. Cuando una actividad implica un esfuerzo elevado, puede ser más útil centrarse en los aprendizajes fundamentales que exigir la realización de un gran número de ejercicios repetitivos. Menos cantidad no significa necesariamente menos aprendizaje.

Ofrecer diferentes formas de realizar una tarea. Escribir a mano durante mucho tiempo no siempre tiene por qué ser la única manera de demostrar lo aprendido. Siempre que sea posible, se pueden plantear alternativas como responder oralmente, utilizar un ordenador o tableta, seleccionar respuestas o presentar la información de otra manera.

Observar y preguntar. No todo cansancio se manifiesta de la misma manera. Por eso, además de observar posibles cambios en el rendimiento o la participación, puede ser útil preguntar directamente al alumno cómo se encuentra y qué necesita en ese momento.

Y, sobre todo, adaptar no significa sobreproteger. El objetivo debe ser proporcionar los apoyos necesarios para que el alumno pueda realizar las actividades con la mayor autonomía posible, permitiéndole tomar decisiones, probar diferentes estrategias y participar activamente en su aprendizaje.


La importancia de escuchar al alumno

A veces, los adultos podemos anticiparnos a las necesidades de un menor y ofrecer ayuda antes incluso de que la solicite. Aunque la intención sea positiva, esto puede hacer que la persona tenga menos oportunidades para identificar y expresar qué necesita.

Por eso, enseñar al alumnado a reconocer sus propias señales de cansancio y a comunicar cuándo necesita una pausa, más tiempo o algún apoyo también forma parte de la intervención educativa.

Una pregunta tan sencilla como “¿cómo te encuentras?” o “¿qué necesitas para poder continuar?” puede convertirse en una herramienta para fomentar el autoconocimiento y la autonomía. 

Además, la coordinación con la familia y con los profesionales que acompañan al menor puede ayudar a comprender mejor sus necesidades y a establecer estrategias coherentes, especialmente cuando los síntomas son variables o existen momentos en los que el esfuerzo necesario para realizar determinadas actividades cambia.

Una propuesta para el aula: “Mi semáforo de energía”

Para trabajar este aspecto de una manera sencilla y visual, podemos utilizar un recurso que hemos denominado “Mi semáforo de energía”.

La propuesta consiste en que el alumnado pueda identificar cómo se encuentra antes o durante una actividad mediante tres niveles:

Verde: puedo continuar con normalidad.
Amarillo: estoy empezando a cansarme; necesito bajar el ritmo o hacer una pequeña pausa.
Rojo: necesito parar y descansar antes de continuar.

Dependiendo de la edad y de las características del alumno, se pueden utilizar tarjetas, pictogramas, una escala visual o incluso una versión digital.

Más que controlar cuánto trabaja cada alumno, el objetivo es ayudarle a reconocer sus propias necesidades y aprender a comunicarlas. De esta manera, una actividad aparentemente sencilla permite trabajar aspectos como el autoconocimiento, la comunicación, la toma de decisiones y la autonomía personal.

Adaptar el ritmo también es incluir

La inclusión educativa no consiste únicamente en conseguir que todos los alumnos estén en el mismo espacio o realicen exactamente las mismas actividades. También implica detectar las barreras que pueden dificultar su participación y buscar los apoyos necesarios para superarlas.

En el caso de la discapacidad física y orgánica, algunas de estas barreras pueden encontrarse precisamente en algo tan cotidiano como el ritmo de una jornada escolar.

Un alumno puede necesitar descansar más, disponer de tiempo adicional o realizar una tarea de una forma diferente y, al mismo tiempo, seguir teniendo interés por aprender, capacidad para progresar y ganas de participar.

Por eso, quizá la pregunta no debería ser:

“¿Por qué hoy no puede hacerlo como los demás?”

sino:

“¿Qué podemos cambiar para que pueda participar? ”Porque adaptar el ritmo no significa bajar el nivel de aprendizaje. Significa ofrecer diferentes caminos para llegar a él.